La Guerra
- 10 oct 2017
- 1 Min. de lectura
Tardarán en curarse mis heridas
que han dejado tus uñas en mi rostro,
el dolor de huevos provocado
por ese rodillazo que me diste,
feliz de sorprenderme despistado.
La guerra es como es, no he de
dramatizar, pero me costará
tres puntos al menos de sutura
el mordisco animal que forzaste
en mi oreja, rabiosa hija de perra.
De tus daños no hablo, pues
temo a tus amigas feministas y a esa
cursi letrada que os asiste y hace
maltratadores de nosotros las víctimas.
Soez, como tu eres, llevaste a tu
lengua a mis mayores, que descansan,
los pobres, en el cielo. Y yo hablé
de tu padre, el gran cornudo.
Mas, confieso que nada me afrentó
como esos insultos que lanzaste
a mi patria: “fascista, represora…”;
y dije, de la tuya: “inquisidora y nazi…”.
Era la línea roja que dejamos atrás,
indignos, sin respeto, asqueados de todo…
Así nos abrazamos e hicimos el amor.
Cantaste Els Segadors con el orgasmo y yo
“El Toreador” de la ópera Carmen con el mío.
Fue la gran convulsión de nuestras vidas.
La rompí bruscamente, la sangre que
manaba de mi oreja era muy escandalosa…
Me dijiste al marcharme: “Te quiero”. Yo te
dije “te quiero” mientras me iba. Y, en los
días siguientes peleamos de nuevo
con todas nuestras ganas.
© javierfiguero.com
facebook.com/javier.figuero.autor/
Foto: © teomoreno.com
facebook.com/teodosio.moreno.fotografo/













Comentarios